jueves, 25 de noviembre de 2010

Generación Zombie

La primera duda que me surge cuando descubro un nuevo apodo para la juventud actual es si debo o no sentirme parte de esa agrupación a la que me veo adherido sin quererlo. Y es que parece que los jóvenes somos el recurso fácil de los que buscan el desahogo, como si fuésemos los títeres sociales a los que poder disparar cuando la escasez de ingenio nos aborda.

Bien es cierto que algunos sistemas políticos, y los partidos que hacen uso de ellos, utilizan a la juventud a su antojo, proporcionándoles herramientas para deshacer cualquier ápice de excelencia, cualquier indicio de genialidad, condenándoles a base de premios inmerecidos a la inapetencia social, política y de valores.

Siempre hemos asociado ese espíritu juvenil con actividades vitalistas, dinámicas, incluso dotadas de ciertos tintes de heroicidad: revueltas estudiantiles, grandes hazañas, explosiones culturales... Hoy descubrimos, en base a un estudio realizado, que los jóvenes son apáticos, que no tienen metas, que viven inmersos en el fracaso, sin perspectivas de futuro, y sin valores que cimienten lo que debe ser el devenir de nuestro país.

Cuando leo conclusiones como estas, no puedo más que sorprenderme de la ligereza con la que nos engloban a todos los jóvenes, como si la fecha de nacimiento nos hubiese unido en un pacto indestructible, como si bajo un mismo patrón hubiésemos sido adoctrinados para formar parte de una misma cadena.

Yo no conozco a nadie al que le hayan hecho ningún estudio sociológico, y prácticamente ninguno de mis conocidos hace uso del paseo marítimo para sus fiestas nocturnas los fines de semana. Ninguno de mis conocidos acude a romper marquesinas en las manifestaciones antisistema, ni quema contenedores bajo gritos de independencia. Quizás, me planteo a veces, he salido poco y he reducido mucho el tipo de personas de las que rodearme.

La juventud, como la vejez, la madurez, o la niñez, son estadios que no pueden definirse con parámetros, y mucho menos con estereotipos. Porque no todos los hombres de 65 años juegan al mus, o a la petanca, tampoco todos los jóvenes nos vemos reflejados en el ejemplo mediático que nos intenta aunar.

Por eso, es importante que la sociedad empiece por valorar a los jóvenes que si apuestan por el futuro, emprendedores, luchadores, con libertad de pensamiento y amplitud de miras, que no se dejen adoctrinar, que utilicen sus conocimientos y sus capacidades, al igual que lo hacen los que creen haber superado la juventud con el paso de los años, y con ella todos sus defectos. Es importante que se empiece a premiar a los jóvenes que deben servir como ejemplo, rompiendo así el esquema fácil por el que muchos acceden a su cuota de fama efímera.

Así pues, y aunque le sorprenda a muchos, hay jóvenes que seguimos creyendo en una educación en valores, que valoramos profundamente la familia como núcleo vital de nuestra sociedad, que creemos que en el esfuerzo como herramienta de crecimiento, y que huimos de todo aquello que nos engloba cual rebaño. Somos muchos los que tenemos inquietudes políticas, que buscamos en los periódicos o en las tertulias información que nos haga más partícipes de nuestra realidad.

Es muy probable que el ambiente actual de insignificancia, de obcecación y pobreza ideológica, voluntariamente creado, propicie que muchos sean presos del desaliento y se dejen llevar por la riada de subvenciones y ayudas varias, pero hay mucha más gente que exige nuevas ideas, que se niega a embotellarse en antiguas formas sociales y políticas, y que busca regenerar la sociedad, aportando todo aquello que a muchos de los que hoy nos critican se les ha olvidado: entusiasmo, honradez y sentido común.

martes, 16 de noviembre de 2010

Desplanificación

Si hiciésemos la prueba de salir a cualquier calle de nuestra ciudad, abordar a un ciudadano cualquiera, y preguntarle acerca del Palacio de Congresos o la reconversión de Playa de Palma, nos daríamos cuenta de lo difícil que le resulta a la ciudadanía comprender el devenir de las decisiones acerca de los proyectos que se llevan a cabo en su ciudad.
Planificación, proyecto, inversión, críticas, revisión del proyecto y nueva inyección de capital, conflicto, estudio, diálogo, y nueva inyección de capital. Y mientras tanto, el tiempo pasa sobre unas obras que no se sabe muy bien si van a ser o no rentables. Y mientras tanto, los vecinos de los barrios afectados sumidos en la inseguridad de saber si la reconversión avanza o se desinfla. Decisiones en 2010 que nos devuelven a 2003.

Está paralización de la reconversión de la Playa de Palma no es sólo una piedra en el camino hacia el final de un objetivo, sino que simboliza la nefasta gestión de nuestros políticos, sobretodo en lo que respecta a la toma de decisiones para y por el interés de sus ciudadanos, aunque para ello se deba dejar de lado intereses individuales o empresariales.

No se puede reformar a gusto de todos, y menos si el proyecto inicial no tuvo en cuenta a todos esos que ahora pretenden tener voz en su desarrollo. El orden, en estos casos, evitaría gastos innecesarios, incertidumbre, y pérdidas de tiempo. Playa de Palma es un problema de carácter electoral, y se ha perdido la visión productiva y de mejora que dio pie al planteamiento de la reconversión. De nada sirve los acuerdos políticos tras el desencuentro, de nada sirve la cantidad ingente de profesionales que le han dedicado meses a conformar un proyecto coherente, de nada sirve todo ese tiempo en el que los empresarios no han podido reformar sus establecimientos. Vuelta a empezar.

Si esto sigue así, me imagino a todos los implicados en dicho conflicto resolviendo sus desavenencias en alguna de las salas de actos del nuevo Palacio de Congresos, o en el restaurante de la pista de Fórmula 1 de Son Granada, o quizás en algún resort de próxima construcción que aún no ha sido planificado. Esta reconversión va tomando la forma de todas las obras públicas de Palma: derroche de dinero y de tiempo, intereses dispares, faraónicos proyectos que dan lugar a algo que a nadie sirve, y una sensación ciudadana de incomprensión que les despega aún más de sus representantes.